Moda circular: ¿utopía o realidad?

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18 septiembre 2018

4 min. lectura

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El sector de la moda está valorado aproximadamente en 3 billones de dólares y emplea a más de 300 millones de personas en todo el mundo. El gran impacto económico, social y medioambiental de esta industria ha llevado a que algunas compañías textiles comiencen a apostar por modelos de producción más circulares que les permitan ser más eficientes y respetuosas con el planeta.

La industria textil es responsable del 20% de la producción de aguas residuales y del 10% de emisiones de CO2, según la Unece. Estas cifras, unidas a un contexto actual en el que más y más organizaciones apuestan por reenfocar su actividad hacia modelos más responsables, hacen que el sector textil comience a apostar por la economía circular como un nuevo modelo más resiliente y sostenible.

Un ejemplo es el reciclaje de ropa usada y excedentes de producción para la extracción de fibras que puedan ser reutilizadas en la elaboración de nuevas prendas. Estos procesos de transformación ya los están llevando a cabo grandes compañías como H&M, con la línea de moda “Conscious” o The North Face, mediante su programa “Clothes the Loop”. Otro ejemplo es Inditex que, como parte de su compromiso con la sostenibilidad, cuenta con iniciativas para promover la producción responsable como “Join Life”, una colección fabricada con materiales sostenibles como el algodón orgánico en fábricas que utilizan energías renovables y tecnologías para el ahorro de agua.

Además de las grandes compañías textiles, también existen otras marcas que nacen con el objetivo de ser una alternativa de consumo sostenible, como Ecoalf, que apuesta por ir un paso más allá, con la fabricación de tejidos a partir del reciclaje de materiales como plástico, neumáticos, redes de pesca e incluso café de postconsumo.

¿Son suficientes estos esfuerzos? Soluciones como el reciclaje de materiales textiles solo conseguirían reducir las emisiones en un 10% para 2030, tal y como indica el informe Measuring Fashion.

Por lo tanto, en este caso, la circularidad de la producción o el reciclado no son suficientes para mejorar notablemente el impacto ambiental de la industria, sino que también es preciso poner el foco en el proceso de fabricación de estas prendas que, en muchas ocasiones, depende en exceso del carbón y de materiales sintéticos como el poliéster -una única prenda de poliéster desprende hasta un millón de fibras microplásticas por lavado, que acaban contaminando los océanos-. De esta forma, se hace necesario, además de la circularidad de los procesos de producción, una transición del sector hacia fuentes de energías renovables, tejidos sostenibles y en general, una mayor transparencia de toda la cadena de producción.

En línea con la sostenibilidad en el proceso de producción de materiales textiles, es importante mantener una visión holística del impacto que tiene esta industria, también a nivel social. El sector de la moda es conocido por externalizar sus producciones a distintas fábricas repartidas por todo el mundo que a su vez subcontratan a otras compañías para la fabricación de las prendas. Esta característica implica que sus cadenas de producción sean complejas y, en ocasiones, difíciles de trazar por parte de los consumidores.

En este sentido, iniciativas como Fashion Revolution mediante el hashtag #whomademyclothes, tienen el objetivo de poner en valor el importante papel que tiene la ciudadanía a la hora de exigir a sus marcas una mayor transparencia en sus cadenas de producción.

Fast vs. Slow: el poder en manos de la ciudadanía

Además de los esfuerzos que debe poner en marcha la industria de la moda, las personas también tenemos en nuestro poder la capacidad de acelerar estos cambios mediante nuestras decisiones de compra. Podemos elegir qué modelo de producción y consumo queremos: fast fashion o slow fashion.

El concepto de fast fashion –o moda rápida– responde a un modelo  que consiste en producir una mayor cantidad de colecciones de ropa para responder a las últimas tendencias que llegan y salen de las tiendas de forma rápida y con precios reducidos. Como consecuencia, el total de los tejidos utilizados a nivel mundial se ha duplicado en los últimos 15 años, superando los 100.000 millones de prendas anuales.

Crecimiento de las ventas de ropa y reducción del uso de la misma desde el año 2000. Fuente: A New Textile’s Economy: Redesigning Fashions’s Future (Ellen MacArthur Foundation, 2017)

“Pero lo que viene fácil, se va fácil. Los precios bajos nos hicieron perder la noción del valor de cada ítem que compramos, y consecuentemente, los echamos con muchísima facilidad”, explica Alice B. Schuch, colaboradora de Slow Fashion Next, una iniciativa para apoyar a profesionales del sector, estudiantes y empresas a generar un impacto ambiental y social positivo.

Ante este sistema que fomenta el consumo ilimitado de recursos, surge como reacción la slow fashion, término acuñado por la escritora Kate Fletcher y que defiende un modelo en el que se producen y utilizan las prendas de ropa de forma responsable, que apuesta por la sostenibilidad de los procesos de producción y, especialmente de consumo. Como personas responsables, nuestras decisiones de compra son una herramienta para potenciar el cambio hacia la sostenibilidad, también respecto a la ropa que usamos y a cómo repensamos nuestro consumo.

Como asegura Anabel Rodríguez desde la Fundación para la Economía Circular: “Hay que ponerse a trabajar. Cada uno en su papel, pero todos a sumar. Ciudadanos, empresas y gobiernos. El planeta no nos puede esperar más”.


Fuente de las fotografías: unsplash.com

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